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Dime cuándo te vas a morir viernes 17 de julio de 2009 |


Apenas hube sorteado la primera esquina, percibí el olor a tierra mojada tan característico de los agostos de mi juventud. Acaricié las paredes trémulas, y otra vez mis manos se polvearon de cal rosada, como cuando eran lienzos infinitos, todos míos para llenarlos de color. Los llenaba. No sólo de colores, también de palabras. Lo que decía en ellas no se ha vuelto a decir jamás. Desde siempre y para siempre.
La puerta trasera estaba sepultada entre enredaderas, todavía oponiéndose a entradas inoportunas e indeseadas con humildes travesaños: clavos, barretas, desarmadores con mango de caleidoscopio. Me asaltaron pequeñas nubecillas de recuerdos, que se escapaban de la mesa de madera, de la alacena, del ventanal con vidrios rotos.
Debo admitir que me dejé llevar por muchas sensaciones. Incluso imaginé que volvía a vivir aquella tarde de campanas, cuando el sol se ocultó y nuestros ojos se iluminaban con las luces pálidas que venían de la calle. De fondo se escuchaban melodías indefinidas, matizadas por el murmullo de un tren que se alejaba hacia momentos desconocidos. Teníamos momentos por conocer, pero era como si ya los hubiéramos vivido todos, y solamente estábamos dejando que se hicieran existir para ser nosotros mismos en ellos.
No estabas. De tu presencia sólo quedaban algunas formas, celosamente guardadas en mi mente para surgir únicamente en un momento así. Tuve que humillar uno a uno mis sentidos para decirle a tu memoria que necesitaba verte aquí. Rebajé a lo sumo cualquiera que haya sido mi condición, porque pedía a gritos mi corazón hablar con toda la verdad. Las palabras sólo rebotaban entre las paredes, porque no estaban tus oídos para escucharlas. Nadie ha estado ni estará dispuesto a escuchar. Todo el mundo lacera con la indiferencia la insoportable bajeza de vivir sintiendo. Es real, es real lo que de aquí estas entendiendo… Despierta.
[No he perdido la sensación del último abrazo, cuando me decías: no debes llorar, llora cuando me muera]
Te pensé en otra vida. Estaba escribiendo con gises de colores un mensaje para ti, en la pizarra que colgaba de la pared. Mientras dibujaba las letras, algo en mí hablaba y me decía: no es posible que no existan gises color de alma, con los que escribieras las letras del lenguaje humanidad. Entonces, el viento levantó las hojas secas que dormían desde años en el piso, hasta formar un tímido remolino. El polvo colorido de los gises se mezcló con su danza y sólo entonces fui consciente de que hubo algo que jamás te pedí.
[Hubo algo que jamás te pedí] En vida. En muerte no hay mucho qué decir, o qué esperar. Ahora que tus manos no me reconfortan más, me ha nacido esa terrible necesidad de saber si estando en muerte te es posible en mí pensar.
[Hubo algo que jamás quise saber] Cuando me decías adiós y al dar la vuelta tu alma se desprendía de tu cuerpo para irse conmigo. Cuando en tu agonía me llamabas, y yo tan lejana. Me llamabas, y hasta en el último de tus suspiros me viste sólo a mí.
[Hubo algo que debí saber] Dímelo. Dime cuándo te vas a morir, para morirme contigo.

El cementerio (2.- La tumba profanada) viernes 15 de mayo de 2009 |

-Puse toda la atención posible para no perderte de vista. Te subiste a un vagón de tren carcomido por el óxido, abandonado a media vía, y como por arte de magia comenzó a andar. El ruido que hacía era insoportable, era como un clamor siniestro de alguna alma perdida y atormentada. Monté la bicicleta para seguir el vagón, hasta que se detuvo justo frente al cementerio. Te bajaste, tu cabello estaba empapado de agua. Entraste al camposanto, caminabas muy rápida y silenciosamente. A ratos te detenías y volteabas hacia atrás, pero no podías verme.
-Sabía que me seguías pero no te tenía miedo. Después de haber visto la matanza de los perros no le he vuelto a temer a nada
-Y por eso profanaste una tumba?
-Yo no fui. Así estaba cuando pasé por ahí.
-No te creo
-No intento lograr que me creas. Te has dado cuenta de que el cielo nunca ha dejado de ser color rojo sangre? Estamos atrapados! El viento es el que le lleva las nuevas a los dioses
-Qué buscabas en esa tumba?
-Ya te he dicho que nada. Nada hasta ese momento, cuando encontré al cadáver y en medio de sus gusanos una hermosa piedra brillante. Esa es mi nueva ambición, ya te lo he dicho!
-Entonces a qué fuiste al cementerio? Sabes bien que es un lugar prohibido, la peste y la porquería se han enseñoreado de él.
-Todo el pueblo esta así. Quería vengarme de la matanza de los perros. Iba con intenciones de infectarme y luego abrazar al asesino de los perros.
-Qué manera tan infantil la tuya de pensar
-Ese hombre debe sufrir mucho antes de morir. Si no fuera tan inteligente, le habría matado, quería desollarlo, pero hay formas más divinas de castigar.
-Quién lo diría. Te has llenado el corazón de amargura y odio, después de haber sido aquella alma sublime que vestía santos en la catedral. Quién mató a los perros?
-El taxista. El maldito taxista.
-Ha huido?
-No. Sigue aquí, no le importa nada. Ni siquiera se inmutó cuando le dije que sabía lo de la piedra brillante. Me dijo que le habría encantado profanar aquella tumba sólo por la piedra.
-Tomaste la piedra?
-Sí, pero estaba tan fascinada mirándola, que no me di cuenta de la cercanía de la sombra y entonces: me la robó.
-Malditas sombras. Lo carcomen todo.
-Creo saber de quién era la sombra. Levitó hacia el sur, con una rapidez inusual. No parecía conocer bien el lugar, eso me hace pensar que es posible que no sea una sombra de Tierra Blanca, por lo tanto quizás éste no es el único pueblo masacrado por una catástrofe divina. Es probable que Dios haya desatado su ira sobre más de uno, lo cuál implica que haya otros infiernos, tal vez distintos al nuestro. Mi misión ahora es ir en busca de la piedra. Dejaré que me lleve el Río Rojo.
-Estas loca. El río es de sangre, te vas a infectar. Morirías en las crecidas.
-Estoy dispuesta a morir con tal de salir de aqui. Quiero saber qué hay más allá. Debes quedarte con los heridos, y vigilar que los perros no maten al taxista. Se han convertido en caníbales, y saben bien quién mató a los demás perros. Estan dispuestos a deborarlo. Quiero hacerlo yo misma, me esta costando persuadir a los perros de que yo podré vengarlos mejor que ellos mismos.
-Los perros se han dejado cegar por la locura. No caigas en lo mismo.
-Yo sólo quiero recuperar la piedra y encontrar la salida de este pueblo. Cuando la encuentre volveré, te llevaré conmigo, y dejaré que los perros deboren hombres.
-Quién profanó la tumba?
-Quiero pensar que fue la sombra. Quizás en el momento en que llegué escuchó mis pasos y se asustó. Entonces, puede que haya querido esconderse, detrás de la tumba de al lado. Me percaté de la piedra, pero no de la sombra. La tomé sin sentir el escalofrío usual de cuando una sombra te acecha, y la admiré, era negra, hermosa, muy brillante. Y cuando estaba tratando de eclipsar a la luna de sangre con la piedra, la sombra la tomó, sin tanto arrebato, hasta podría decir que con dulzura.
-Y quién crees que sea la sombra.
-Pudiera ser la del masón, pero he caído en duda al verlo titubear, como si estuviera perdido. Podría ser que el masón consiguió encontrar una salida del pueblo y ahora se refugia lejos de aquí. Sólo vino por la piedra brillante.
-Y el cadáver? No sería la sombra del cadáver ?
-Imposible. Ese cadáver era el de un anciano, de esos ancianos que mueren en paz.

El cementerio (1.- Tres charcos de sangre) jueves 5 de marzo de 2009 |


Hay dos caminos que llevan al mismo lugar: La Plaza de los Juegos. El primero es más corto que el segundo, porque no describe la curva severamente pronunciada del segundo. El primer camino se acompaña de la barda del jardin de niños, y el segundo de un montón de casas de techos de teja. Detrás de la Plaza de los Juegos estan dos cerros. Desde la punta del primero se puede divisar el Camino Viejo al Porvenir, y desde el segundo se ven las casitas de mala muerte del Campo de Tiro. Más allá de esos cerros está el Camino Real al Calvario de la Muerte, que rodea a un cúmulo de barrios y colonias, entre los que se encuentran Luz del Barrio, Casa Blanca y Barranca Perdida. Parecieran lugares abandonados, ahogados en polvo y ceniza. En medio de todas las colonias, como centro de un universo pequeño y finito, esta el Cementerio de las Tres Cruces.
Ante los dos caminos que llevan a la Plaza de los Juegos una de tres sombras proyectadas sobre el asfalto carcomido dio un paso hacia adelante,y entonces su sombra ya no se eclipsaba contra la pared, sino contra la barda del jardin de niños del primer camino. Otra de las tres sombras se encaminó más bien hacia la fachada de una de las casas con techos de teja. La tercera, muy decidida, dio un paso hacia atrás. Se alejó, mientras las otras dos comenzaban a adentrarse en el camino que decidieron tomar, silenciosamente, en medio de una ventolera que hacía confundir la sombra de las hojas de los árboles con ellas mismas. Tan fuerte era el viento que no permitía escuchar el aparatoso escándalo de los pasos de la sombra que se fue por el camino de la barda del jardin de niños. Faltaba muy poco para llegar a la Plaza de los Juegos, aunque las dos sombras no lo percibieran, pues imaginaban que el camino era larguísimo y que probablemente ni siquiera llegarían a esa plaza, sino a otra.
La tercera sombra, la que retorcedió, tenía una idea diferente. No tenía la menor intención de llegar a la Plaza de los Juegos, no porque fuera en contra de las otras sombras, sino porque su convicción era que, lejos de lo que dijeran, su destino iba más allá de terminar en el Cementerio de las Cruces. Con un andar severo, parecido al de un necio que corre hacia la desgracia y no lo acepta, atravesó el Río Rojo por su puente vacilante. Casi al final giró sobre sus pies y observó. Sus compañeras fueron firmes, siguieron su camino. Miró por entre los barrotes del puente. El río estaba inquieto, demasiado turbulento como para tomarlo por un remanso tranquilo de aguas del que sería ridículo temer. Volteó hacia el cielo y le pareció curioso ver que los nubarrones rojos, además de ser del mismo color del agua del río, estaban igual de nerviosos que ella. Fue cuestión de segundos: la sombra se despojó de su capa, rápidamente, con una pronunciada desesperación, y se dejó caer. Las aguas llevaron al cuerpo ligero, templo de la sombra, con una arrebatada violencia que, desde la perspectiva del puente, pareciera querer no sólo satisfacerse a sí misma para cumplir su naturaleza innata que le valió el nombre de violencia, sino como si se obstinase en desviarle de sus destinos y con ello, de sus propósitos.
Aun con toda aquella estampida del agua sobre él, y de las sutiles asfixias que le pudiera provocar a pausas, el cuerpo seguía consciente de la dirección a la que quería llegar. Entre braceos audaces y saltos intermitentes, podía observar en todo su horror a la tétrica ciudad cubierta de tizne en sus edificios y casas, las iglesias desvalijadas, algunas velas encendidas que en cualquier momento el viento apagaría y que se apostaban fuera de chozas de madera o casas enterradas bajo una espesa penumbra. El ruido del agua era demasiado fuerte como para escuchar otra cosa que no fuese a él mismo, pero aun con eso podía estar casi seguro de que su único compañero de bullicios era el viento ya que, de ahi en fuera, todo era muerte en su estado natural.
Llegado el momento, la travesía del cuerpo a través de la ciudad por medio de un río de aguas rojas llegó a su fin. Quedó varado junto a un millar de escombros al parecer igualmente arrastrados por el agua, sí, con la misma falta de piedad (¿desde cuándo la naturaleza es piadosa?). El cuerpo nunca llegó a un estado de inconciencia, sino que sucumbió servilmente a los caprichos del nerviosismo del agua y sólo cuando se sintió fuera de ella se atrevió a dejar de fingir su servilismo. Fue entonces cuando caminó hacia la fábrica en ruinas que se erigía ante sí. Desde el enrejado pudo ver que las otras dos sombras que había dejado atrás estaban ahí. ¿Cómo habrían llegado? En un arrebato de rabia, alimentado por otro de impotencia, se dijo a sí mismo que no volvería a permitirse ninguna clase de convivencia con mentes tan enfermas que minaban su ya de por sí oxidada tranquilidad. De alguna parte de lo que quedaba de su vestimenta sacó un puñal. Se acercó a las sombras, que se apostaban tranquilamente en el ala principal del edificio, apenas iluminada por el resplandor de la luna, y pudo ver dos rostros: el de una mujer muy anciana y el de un hombre a punto de perder su juventud. Antes de dejar que el odio condujera sus acciones se preguntó si acaso era necesario llegar al punto de matar, si esa era la única forma de exterminar de todos los recovecos de su vida aquellas llagas de recuerdos humillantes. Pero fue sólo un segundo en el que, más por compromiso que por convicción, le dio entrada a la duda para que abogara por dos almas cuyo destino era irremediable: en menos de lo que la salvación divina le llega a un ser humano, se formaron dos charcos de sangre debajo de sus pies. No quiso ser cruel y decidió mirar a la luna en vez de enfrentar con los ojos a la muerte. Después, confiando en que la soledad que desde hacía mucho le asfixiaba iba a desaparecer como cuando se esconde el sol, buscó refugio entre los dos cadáveres y sin más dudas derramó un tercer charco de sangre: la suya propia, para no volver jamás.

Grave viernes 20 de febrero de 2009 |


-No supe en qué momento murió. No le acompañé en lo último que de vida le quedara. De mi boca no salió la voz que acompañara a las siempre tristes palabras de despedida. No cerré sus ojos con mis propias manos, ni llené de mis lágrimas su frente, ni sostuve su cabeza en mi pecho para que en su adiós se llevara la melodía de los latidos de mi corazón. Ni siquiera supe si agonizaba, si le quedaba poco tiempo para decirle: eres mi vida entera. Todo giraba a su al rededor. Los planetas de mi mente, encantados por su brillo, se dejaban llevar por esa fuerza extraña que los atraía hacia su persona y le seguían casi rozándole para llenarse de su aurora, de su luz. Ni aún estando en su sepulcro volví a llamarle por su nombre, ni hice intento alguno por ser escuchada aun en la más remota lejanía de su existencia, si es que tiene existencia un muerto que parece no haber vivido nunca.
Pero murió. Hace mucho tiempo que dejó de respirar, que he dejado de verle y de sentir la calidez de su presencia., y ahora me acompaña un escalofrío que parece no querer dejarme nunca.
-Esta segura de que fue después de su muerte cuando empezó ese escalofrío que me describe?
-Fue casi al instante de haberle visto por última vez. Como ya le he dicho, no hubo ninguna clase de despedida. Le abracé con mucho ímpetu, eso sí, como si hubiese querido fundir mi ser con el suyo, un deseo que nunca antes había sentido. Simplemente me observó, recostó mi cabeza en su pecho, y no dejó que le mirara a los ojos. Si yo intentaba alzar la cabeza, con sus manos la retenía entre sus brazos, y así evitaba que examinara las ventanas de su alma. Después tomé un taxi. Al subir al taxi el escalofrío me recorrió todo el cuerpo, muy pausadamente. Quise verlo desde el parabrisas pero pensé: no es la última vez que le verás. Y al otro día supe que había muerto.
-Era una noche lluviosa?
-No recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que llevaba una carga muy pesada en la espalda. Me arrepiento de no haberle quitado la maleta y haberle abrazado con más determinación, como protegiéndolo de lo invencible
-Nunca más volvió a hablar con él?
-No. Nada. Ni siquiera lo vi en un ataud. Ni fui a que le sepultaran. Y cada vez que visito sus restos, se me va el aire, el mundo se detiene, el escalofrío se intensifica y se me paralizan las mandíbulas a manera de que no puedo articular palabra alguna.
-Pero tuvo que haberle dicho algo antes de subir al taxi, recuerda lo que le dijo?
-Le dije: sí, amor
-Y esta segura de que la escuchó?
-No lo sé. Pero después del último abrazo, ya no era el mismo. Temía que le pasara algo camino a su casa, y a la vez estaba cegada por el rencor, y la angustia. De todas maneras decidí llamarle, y no volvió a contestar. Le había perdido para siempre.
-Si tuviera la oportunidad de hablar con él, esa oportunidad que el destino por alguna razón le negó, qué le diría?
-No me atrevería a decirle nada
-Vamos! usted siempre ha tenido muchas cosas que decirle, piense en la más importante y dígamela
-No tengo nada qué decir, el silencio lo diría todo por mi
-Pero qué es ese todo?
-Sin ti no podré vivir jamás...

Tengo tu espíritu en el mío miércoles 18 de febrero de 2009 |

Eres toda mi música, de principio a fin, puedo sentir tu aliento al escucharla, es tu corazón que late, suave, saudadoso. Sólo así puedo rendirme y decirte con el corazón en la mano cuánto te quiero, pedazo de mi vida.
Tengo tu espíritu tiernamente guardado en lo más profundo de mi ser, y por momentos cortos, en dosis muy pequeñas, extraigo un poco de tu esencia que es mi música, y la escucho hasta que de lágrimas me logre estremecer.
Eres todo lo que quiero escuchar, en cada despertar y en cada anochecer, aunque mi mente se llene de sombras, y aunque el último de mis respiros no perdure más allá de lo que dure un pensamiento. Quiero llenar mi vida entera del sublime momento de tu existir junto a mi. Y he de confesar que pretendo ingenuamente retener tu eternidad entre mis manos, y si en mi intento por lograrlo he de perder hasta la última gota de esperanza no he de resignarme, sino más bien he de sacar de mis entrañas lo que de alma me quede para hacer de tu memoria un ser real que me acompañe más allá de la muerte. Tengo tu espíritu en el mío, porque de mí misma ha nacido desde el primer momento en que te abrí la puerta de mi corazón. No esta preso ni cautivo, más bien se ha propuesto acompañarme hasta aquél momento en el que mi mente se empañe con el vapor de los recuerdos de las horas más muertas de mi vida y mi corazón entre en aquel reposo que, habiendo tenido principio, no tendrá fin...

The hedgehog's dilemma sábado 31 de enero de 2009 |

The hedgehog's dilemma, or sometimes the porcupine dilemma, is an analogy about the challenges of human intimacy. It describes a situation in which a group of hedgehogs all seek to become close to one another in order to share their heat during cold weather. However, once accomplished, they cannot avoid hurting one another with their sharp quills. They must step away from one another. Though they all share the intention of a close reciprocal relationship, this may not occur for reasons which they cannot avoid.

Both Schopenhauer and Freud have used this situation to describe what they feel is the state an individual will find themselves in relation to others. The hedgehog's dilemma suggests that despite goodwill, human intimacy cannot occur without substantial mutual harm, and what results is cautious behavior and weak relationships. With the hedgehog's dilemma one is recommended to use moderation in the affairs with others both because it is in self-interest, and also out of consideration for others.. The hedgehog's dilemma is used to justify or explain introversion and isolationism.

La iglesia (2.2)- He despertado, y ahora suspiro domingo 21 de diciembre de 2008 |

He ocupado los últimos años de mi vida en vestir santos y encernder cirios en cada atardecer. También he aprendido a dramatizar los momentos de silencio en los que las sombras hacen de éste un lugar místico. He descubierto en mí dos tipos de suspiros: el del amor muerto y el del amor perdido. Aún no sé qué tan capacitada estoy para resucitar muertos. Si bien es cierto que sólo Jesucristo merece el título de resurrector resucitado, yo también merezco, dada mi mortalidad, aspirar a la misma santidad, bajo el mismo manto que como el Salmo dijera: es mi morada, bajo la sobra de tus alas, oh Señor (grande es tu Nombre en toda la tierra).
Esta tarde hice algo inusual. Caminé por una larga calle empedrada, iluminada por las tímidas luces de los faroles. No presté mucha atención al camino, pues mi propósito era cazar las miradas de los transeúntes para descubrir entre ellos al muerto que he de resucitar. Todas las imágenes que capté en el camino me sucedían bastante atropelladas. Y yo tan ligera, flotante, como un fantasma. Me aseguré de que el viento jugara favorablemente con mi cabello. Llevaba música en mi mente. Al terminar la calle, me di cuenta de que no encontré a mi dulce cadaver. Así que me aventuré a avanzar dos calles más arriba. En una de ellas, iluminada por lucecillas de muchos colores brillantes, estaba una hermosa puerta de madera. Salía música de ella. Al final de la cuadra estaba la estación del tren.
Toqué. Quién me abrirá?. La música se ha detenido. Salió un joven, de mirada intrépida:
-Buenas noches
No contesté. Era mi mirada la que debía hablar, no yo.
-Puedo ayudarla?
La luz de dentro laceró sus ojos y pude ver que eran de color miel. Me asusté. Eran los ojos de un muerto, uno a quien yo maté.
-Se encuentra bien?
Me quedé estupefacta. Ahora el terror era el que me invadía. Y ahora qué hago?, pensaba. El hombrecillo comenzaba a notarse más contrariado.
-Me esta escuchando? Hola? Esta bien?
-La música...... yo..... -dije en un susurro
-Aaaaah! Dios mío, tiene aspecto de que esta a punto de desmayarse- dijo luego de haber esbozado una sonrisa afable- oiga, usted es una de esas muchachitas que estan en el altar de la iglesia todo el tiempo, sí, de las que encienden cirios y visten santos, qué la trae por aquí? me llama el padre? para la música de la iglesia?
-No..., bueno...., sinceramente...., yo..... simplemente pasaba por aqui y escuché la música y me pareció que esa sonata de Scriabin le salió muy bien, entonces, cometí la locura de tocar a su puerta, pero no quiero nada, sólo fue un desliz
-Vaya, y además su voz es cálida, conoce usted de música? no cualquiera conoce las sonatas de Scriabin, menos si es alguien que vive dentro de una iglesia...
-Soy soprano!
-Oh, ya veo, entonces, deme el honor de recibirla aunque sea un momento en mi morada, le apetece un poquitito de té?
-Es que... ya tengo que irme....
-Ande!!! Me ha entusiasmado saber que hay cuando menos una persona capaz de reconocer una sonata de Scriabin, no tema, soy hombre de bien, ya me ha visto usted en la iglesia arreglando los órganos, no la regañarán, y si así fuera yo respondo por usted, es más la llevaré a la iglesia en un taxi....
Un taxi. Me asusté aún más, y dije: esta bien, pero necesito que toque una variación Goldberg e inmediatamente después lléveme a casa de vuelta.
Tomó mi mano. Era muy suave. Me estremecí, pero dejé que me guiara hacia donde tenía el piano: una pequeña sala iluminada por unas cuantas velas y abrigada por el calor de un hermoso atardecer.
-Cuál es su nombre?
-Magdalena
-Aaaah, hermoso nombre. Magdalena, esa mujer que lloraba mucho junto a la madre de Jesús cuando le crucificaron
-Habla como si hubiera estado allí...
-Sí, a veces siento como si lo hubiera visto todo... Sabe? Yo creo que Magdalena estaba perdidamente enamorada de Jesús
-Oh Dios santísimo! Pero qué cosa ha dicho!
-Jesús padeció todo, hay algo de malo en que haya padecido de amor? Es como si usted, tan santa y pura, de repente se enamorara de mí, habría algo de malo?
-Es usted un atrevido!!!
-La primera variación de Goldberg....- dijo inmediatamente, y comenzó a tocar, como para no dar lugar a largas discusiones.
No la disfruté. Me sentí aturdida ante semejante comentario sobre Jesús y su posible amor secreto. Habría sido posible que Jesús amase a Magdalena? Amor de pareja? No. Eso era una blasfemia.
-Y qué le ha parecido lo que he tocado?
-Admirable....
-Mmm, no le creo, su mirada estuvo perdida, como si no prestara atención...
-No, digo que es admirable su perspectiva de la vida.- frunció el seño y esbozó nuevamente una sonrisa, extrañado...- Prometió llevarme de regreso a la iglesia...
-Sí, pero, y el té?....- su cercanía con mi rostro empezaba a inquietarme, podía percibir su olor, y ver refulgir la luz de las velas en sus ojos color miel...
-No quiero té, no me gusta... esquivé su mirada y le di la espalda, simulando observar las fotografías que reposaban sobre la repisa de caoba.
-Bueno, entonces, ya encontraré otra cosa qué ofrecerle la próxima vez que me visite... porque volverá, verdad?
-Puedo volver?- me arrepentí de haberlo dicho, perdí todo dominio de mis acciones y mi cerebro empezó a dar órdenes sin uso de ninguna especie de juicio
-Las veces que quiera...- Sonrió aún más, y me miró con ternura. Me tomó de ambos hombros, y se acercó para darme un beso en la frente.
-Cómo se llama usted?
En ese momento, el taxi tocó el claxon. Me sobresalté y tiré una fotografía. Muy avergonzada me dispuse a recogerla:
-Deje deje, no importa. Vamos, nos esperan.
Me subí en la parte de atrás. De pronto, vi al taxista bajarse y en seguida, subió el hombrecillo pianista. Ajustó el retrovisor, y desde él me lanzó una mirada entre pícara y divertida :
-El taxista soy yo, el otro es un rufián. Recuerde, vivo en Caoba 11- y señaló un madero que con letras danzarinas decía lo mismo: Caoba 11. Du Soleil. Volví a mirarlo desde el retrovisor. Todo el camino lo observé. Sus facciones, la frescura de su rostro, y el color miel de sus ojos.
Llegamos. Me condujo hasta el último peldaño y me dijo al despedirse, muy cerca de mi oido:
-Observe cómo las sombras de las hojas de los árboles danzan desde su ventana en cada anochecer. Seguiré aquí unos cinco minutos más por si el padre le regaña, o las monjitas. Envíelos a mí si es necesario.
El viento me hizo entremecerme (o fue sentir su aliento tan cerca de mi cara).

cacharrito de mis entretelas

soñé que estaba ella sentada a mi cabecera y alborotaba tiernamente mi cabello con sus dedos, suscitando la melodía de su contacto. la miré a la cara, luchando con mis lágrimas, hasta que la angustia de las palabras no dichas quebró mi sueño como una burbuja. me incorporé. la vía láctea se veía arder por mi ventana, como un mundo de silencio inflamado. y me pregunté si en aquel momento estaría ella soñando un sueño que viniera bien con el mío.

-rabindranath tagore