He ocupado los últimos años de mi vida en vestir santos y encernder cirios en cada atardecer. También he aprendido a dramatizar los momentos de silencio en los que las sombras hacen de éste un lugar místico. He descubierto en mí dos tipos de suspiros: el del amor muerto y el del amor perdido. Aún no sé qué tan capacitada estoy para resucitar muertos. Si bien es cierto que sólo Jesucristo merece el título de resurrector resucitado, yo también merezco, dada mi mortalidad, aspirar a la misma santidad, bajo el mismo manto que como el Salmo dijera: es mi morada, bajo la sobra de tus alas, oh Señor (grande es tu Nombre en toda la tierra).
Esta tarde hice algo inusual. Caminé por una larga calle empedrada, iluminada por las tímidas luces de los faroles. No presté mucha atención al camino, pues mi propósito era cazar las miradas de los transeúntes para descubrir entre ellos al muerto que he de resucitar. Todas las imágenes que capté en el camino me sucedían bastante atropelladas. Y yo tan ligera, flotante, como un fantasma. Me aseguré de que el viento jugara favorablemente con mi cabello. Llevaba música en mi mente. Al terminar la calle, me di cuenta de que no encontré a mi dulce cadaver. Así que me aventuré a avanzar dos calles más arriba. En una de ellas, iluminada por lucecillas de muchos colores brillantes, estaba una hermosa puerta de madera. Salía música de ella. Al final de la cuadra estaba la estación del tren.
Toqué. Quién me abrirá?. La música se ha detenido. Salió un joven, de mirada intrépida:
-Buenas noches
No contesté. Era mi mirada la que debía hablar, no yo.
-Puedo ayudarla?
La luz de dentro laceró sus ojos y pude ver que eran de color miel. Me asusté. Eran los ojos de un muerto, uno a quien yo maté.
-Se encuentra bien?
Me quedé estupefacta. Ahora el terror era el que me invadía. Y ahora qué hago?, pensaba. El hombrecillo comenzaba a notarse más contrariado.
-Me esta escuchando? Hola? Esta bien?
-La música...... yo..... -dije en un susurro
-Aaaaah! Dios mío, tiene aspecto de que esta a punto de desmayarse- dijo luego de haber esbozado una sonrisa afable- oiga, usted es una de esas muchachitas que estan en el altar de la iglesia todo el tiempo, sí, de las que encienden cirios y visten santos, qué la trae por aquí? me llama el padre? para la música de la iglesia?
-No..., bueno...., sinceramente...., yo..... simplemente pasaba por aqui y escuché la música y me pareció que esa sonata de Scriabin le salió muy bien, entonces, cometí la locura de tocar a su puerta, pero no quiero nada, sólo fue un desliz
-Vaya, y además su voz es cálida, conoce usted de música? no cualquiera conoce las sonatas de Scriabin, menos si es alguien que vive dentro de una iglesia...
-Soy soprano!
-Oh, ya veo, entonces, deme el honor de recibirla aunque sea un momento en mi morada, le apetece un poquitito de té?
-Es que... ya tengo que irme....
-Ande!!! Me ha entusiasmado saber que hay cuando menos una persona capaz de reconocer una sonata de Scriabin, no tema, soy hombre de bien, ya me ha visto usted en la iglesia arreglando los órganos, no la regañarán, y si así fuera yo respondo por usted, es más la llevaré a la iglesia en un taxi....
Un taxi. Me asusté aún más, y dije: esta bien, pero necesito que toque una variación Goldberg e inmediatamente después lléveme a casa de vuelta.
Tomó mi mano. Era muy suave. Me estremecí, pero dejé que me guiara hacia donde tenía el piano: una pequeña sala iluminada por unas cuantas velas y abrigada por el calor de un hermoso atardecer.
-Cuál es su nombre?
-Magdalena
-Aaaah, hermoso nombre. Magdalena, esa mujer que lloraba mucho junto a la madre de Jesús cuando le crucificaron
-Habla como si hubiera estado allí...
-Sí, a veces siento como si lo hubiera visto todo... Sabe? Yo creo que Magdalena estaba perdidamente enamorada de Jesús
-Oh Dios santísimo! Pero qué cosa ha dicho!
-Jesús padeció todo, hay algo de malo en que haya padecido de amor? Es como si usted, tan santa y pura, de repente se enamorara de mí, habría algo de malo?
-Es usted un atrevido!!!
-La primera variación de Goldberg....- dijo inmediatamente, y comenzó a tocar, como para no dar lugar a largas discusiones.
No la disfruté. Me sentí aturdida ante semejante comentario sobre Jesús y su posible amor secreto. Habría sido posible que Jesús amase a Magdalena? Amor de pareja? No. Eso era una blasfemia.
-Y qué le ha parecido lo que he tocado?
-Admirable....
-Mmm, no le creo, su mirada estuvo perdida, como si no prestara atención...
-No, digo que es admirable su perspectiva de la vida.- frunció el seño y esbozó nuevamente una sonrisa, extrañado...- Prometió llevarme de regreso a la iglesia...
-Sí, pero, y el té?....- su cercanía con mi rostro empezaba a inquietarme, podía percibir su olor, y ver refulgir la luz de las velas en sus ojos color miel...
-No quiero té, no me gusta... esquivé su mirada y le di la espalda, simulando observar las fotografías que reposaban sobre la repisa de caoba.
-Bueno, entonces, ya encontraré otra cosa qué ofrecerle la próxima vez que me visite... porque volverá, verdad?
-Puedo volver?- me arrepentí de haberlo dicho, perdí todo dominio de mis acciones y mi cerebro empezó a dar órdenes sin uso de ninguna especie de juicio
-Las veces que quiera...- Sonrió aún más, y me miró con ternura. Me tomó de ambos hombros, y se acercó para darme un beso en la frente.
-Cómo se llama usted?
En ese momento, el taxi tocó el claxon. Me sobresalté y tiré una fotografía. Muy avergonzada me dispuse a recogerla:
-Deje deje, no importa. Vamos, nos esperan.
Me subí en la parte de atrás. De pronto, vi al taxista bajarse y en seguida, subió el hombrecillo pianista. Ajustó el retrovisor, y desde él me lanzó una mirada entre pícara y divertida :
-El taxista soy yo, el otro es un rufián. Recuerde, vivo en Caoba 11- y señaló un madero que con letras danzarinas decía lo mismo: Caoba 11. Du Soleil. Volví a mirarlo desde el retrovisor. Todo el camino lo observé. Sus facciones, la frescura de su rostro, y el color miel de sus ojos.
Llegamos. Me condujo hasta el último peldaño y me dijo al despedirse, muy cerca de mi oido:
-Observe cómo las sombras de las hojas de los árboles danzan desde su ventana en cada anochecer. Seguiré aquí unos cinco minutos más por si el padre le regaña, o las monjitas. Envíelos a mí si es necesario.
El viento me hizo entremecerme (o fue sentir su aliento tan cerca de mi cara).